El Grand Tour era un viaje formativo que realizaban los jóvenes aristócratas por la Vieja Europa, término que Miguel Gomes recicla para aplicar al recorrido que nos propone por una serie de señeros enclaves del Sudeste asiático. También son europeos sus protagonistas, ingleses como gran parte de los que hacían el Grand Tour antaño y también acomodados, pero su relación con el espacio, la sociedad y la cultura que van transitando es de diferente naturaleza. Es una relación eminentemente colonial. Estamos en 1918 y Edward Abbot, funcionario destinado en Birmania, tras enterarse de la inminente llegada de su prometida Molly Singleton, escapa de ciudad en ciudad, de país en país, al tiempo que ella trata de seguir sus pasos. No sabemos muy bien a qué se debe la actitud de Edward, pero un cierto malestar le anima. Quizás no huye sólo de su novia, sino también de la civilización colonial que un matrimonio con ella representa. Pero eso significaría huir de sí mismo, de su propia sombra, puesto que su figura encarna ese mismo colonialismo. Y eso es una imposibilidad. Molly sin embargo se nos aparece bromista y risueña. Viene además cargada de certezas que nunca se termina de quitar de encima y que le impiden atender a otras consideraciones. Aunque no lleguen a compartir escena, a interaccionar en persona, su periplo se dirime en buena medida por la dinámica que se produce entre ellos, mucho antes que por una relación genuina con el escenario nativo.
Gomes plantea esta suerte de road movie como una obra fracturada donde sus personajes no son capaces de sentirse en armonía en ningún sitio. Su punto de vista está escindido en dos mitades protagonizadas sucesivamente por Edward y por Molly. La narrativa también está fracturada temporalmente, entre un pasado fabulado y un presente capturado documentalmente que se va intercalando durante el metraje, contextualizando el trayecto de los personajes. Esa fractura, tanto temporal como la que tiene lugar entre la ficción y la no ficción, viene intensificada por el contraste entre el artificio que sugiere la recreación pretérita en estudio, culminado por la aparición del equipo de rodaje en la resolución de la película, casi una tradición en el cine de Gomes, y la impresión de inmediatez y autenticidad de la realidad contemporánea. Además, en esta parte documental se combinan por un lado las señales de la herencia colonizadora con un cierto cultivo del exotismo, una doble dinámica muy consciente por parte de Gomes, quien incluso se permite licencias como el hecho de utilizar el vals El Danubio Azul como banda sonora en las calles de Saigón, una manera de hacer explícita su mirada europea. También el uso de las lenguas resulta muy llamativo, el artificio del portugués que hablan los personajes ingleses de 1918 (como si fuera una especie de reverso de la clásica colonización cultural anglosajona en el ámbito cinematográfico), mientras que las voces en off van mudando de idioma para corresponderse con el país donde se va sucediendo la acción.
Dice un personaje que “el hombre blanco es totalmente incapaz de comprender la cultura oriental” y este film nos propone un viaje fascinante e infeccioso a través de un mundo en el cual el colonialismo ha ensayado un fallido transplante cultural. Es una suerte de huida a ninguna parte en un espacio en realidad ajeno, donde los personajes occidentales tienden a disolverse entre las grietas de la Historia, entre las fracturas narrativas que dispone Gomes.









