Autor: Aarón Rodríguez

Asesinato en el Orient Express, de Kenneth Brannagh

En la escritura cinematográfica resulta complejo —y muy delicado— la correcta gestión de los contrastes. Tomemos como ejemplo Asesinato en el Orient Express de Kenneth Brannagh —que es, en realidad, la suma de tres películas autónomas y, cada una a su manera, tres visiones diferentes sobre el gesto fílmico—. Intentemos pensar lo que aquí ocurre desde dos ejes básicos: la estructura y la composición.

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El secreto de Marrowbone, de Sergio G. Sánchez

Es desagradable tener que escribir mal de una película cuando se intuye el tremendo esfuerzo que hay detrás de ella. Más todavía al contemplar el cuidado con el que se han compuesto ciertas imágenes, o la respuesta razonablemente favorable con que la taquilla recompensa las aproximaciones al género fantástico en nuestro país. Pero, a veces, es necesario tomar la película como antagonista para poder reivindicar la posibilidad de un diálogo más inteligente entre cine-espectáculo y espectador.

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Annabelle Creation, de David F. Sandberg

Al contrario de lo que ocurría en la primera parte de la franquicia dedicada a Annabelle, aquí se nota un cierto esfuerzo por imitar una escritura visual que sigue siendo, después de todo, el verdadero centro simbólico y experiencial de ese universo terrorífico en construcción.

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