American Gothic

Dick Laurent está vivo #02

Ahora que se acerca Halloween nos apetecía hacer una de esas listas para una posible maratón, aunque siendo sinceros probablemente nos quedemos dormidos al empezar la segunda, pero siempre será mejor eso que buscar gatos negros para hacer rituales satánicos (no lo hagáis en vuestras casas, no sirve para nada), en Terrassa se han suspendido sus adopciones para evitar esto, mientras que en Filmin hace unos meses apoyaban la adopción, aunque queremos creer que pensaban en el bien de los felinos. Pero nosotros volvamos, por favor, al tema que nos ha traído aquí. Queríamos intentar huir de los títulos habituales, que por supuesto están muy bien, y siempre son maravillosas opciones, pero eso, están demasiado trillados: ya hay demasiadas listas encabezadas por Maligno, Arrástrame al infierno, Posesión infernal, Silencio desde el mal (sí, está claro que James Wan y Sam Raimi son dos buenas opciones) o Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro (¿tal vez la mejor película de Peter Jackson?), por no hablar ya de La noche de Halloween (de hecho, de esta ya hablamos en su momento) o Pesadilla en Elm Street, y aquí convendría hacer un inciso reivindicando para la ocasión quizá las secuelas de estas, donde Freddy era cada vez más divertido y ocurrente (de Michael nunca podremos decir lo mismo, pero el tono fue cada vez más ligero a medida que la saga iba creciendo en extensión, ya que no tal vez en calidad), y preservando así el espíritu de celebración de una noche como esta, porque parece que cuando uno piensa en darse un atracón de películas en tan señalada fecha lo hace pensando no solo en el terror, sino también, con casi igual importancia, en el componente lúdico de los visionados. 

Tampoco nos apetece inclinarnos por el cine más reciente, ya sea el que acaba de incorporarse a las plataformas de streaming o estará a punto de hacerlo o aquellos títulos que aún ocupan las carteleras o las vayan a invadir en esta fecha tan señalada, aunque quizá mencionemos algunas obras de pasada. Por ejemplo podríamos destacar la muy divertida y, a ratos, terrorífica Weapons; el remake de Sé lo que hicisteis el último verano (que aún no hemos visto, siendo sinceros), la última entrega de las andanzas del matrimonio Warren, o la secuela de la nueva trilogía de Los extraños a cargo de Renny Harlin (por seguir con títulos que tampoco hemos visto todavía), Together, esa película en la que Dave Franco y Alison Brie creen que se quieren tanto que no son capaces de separarse el uno de la otra (¿por qué el amor es tan tóxico?, que cantaba Aurora Beltrán con sus Tahúres zurdos); Good Boy, la del perro que ve fantasmas que, aunque bienintencionada, le sobra demasiado metraje aún durando hora y cuarto, o incluso, porque hay gente para todo, esa desgracia de remake de El vengador tóxico que finalmente se estrenó en cines aunque no sepamos muy bien por qué y aunque tampoco durase demasiado en cartelera.

Probablemente tampoco vayamos a inventar la rueda, pero si conseguimos descubrir algún título o desenterrar algún otro de los rincones de vuestra memoria, nos daremos por satisfechos, así que sin más dilación procedemos a comentar nuestra selección ideal para disfrutar ya sea solos, ya en compañía de una sola persona, en este caso preferentemente achuchable, o incluso en grupo, y mucho mejor si es en una casa rural en medio del bosque donde sea fácil separarse para ir a buscar leña, revisar el generador, ir al pueblo a por provisiones o refocilarse con la pareja amada, o con la pareja de otro u otra. Pero siempre, el 31 de octubre.

The Hidden (Jack Sholder, 1987) es una joya ochentera, ochentera para bien, y que hace honor a su título, escondida. Su director, recién salido de la notable primera secuela de Pesadilla en Elm Street y que antes de esa había firmado otra obra que merecería un hueco importante en alguna maratón de este calibre: Alone in the Dark (justo es decir que ya después de esto se perdió en producciones de televisión, llegando a trabajar para Filmax en aquella “cosa” titulada Arachnid), dirige con brío y solvencia a Kyle MacLachlan que en su inocencia anticipaba sin saberlo al Dougie de la tercera temporada de Twin Peaks. Aquí es un agente del FBI que persigue al asesino de su compañero, o al menos es lo que le dice a Beck (Michael Nouri), el detective de homicidios asignado para ayudarlo, el contrapunto perfecto para una buddy movie desarrollada en Los Angeles, una de esas ciudades tan cinematográficas que siempre son un personaje más, y donde hay mucho que rascar. Ciencia-ficción, acción (ojito a las persecuciones de coches), terror, un humor bastante cabrón y algún que otro toque nostálgico, que la convierten en una obra muy reivindicable y con un espíritu muy adecuado para honrar Halloween con su visionado. El plantel de secundarios es excelente, en particular todos aquellos por los que va pasando esa especie de babosa de las estrellas —sacando un partido enorme a una idea que ya existía en La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982) y que Wes Craven probablemente fusiló un par de años más tarde en la muy disfrutable Shocker, 100.000 voltios de terror (Shocker, 1989)—, aunque en especial un Chris Mulkey breve en pantalla pero totalmente sembrado y sobre todo William Boyett, en un papel muy agradecido y disfrutón que arrasa con todo lo que pilla a ritmo de rock’n’roll. Los temas musicales se combinan con la partitura de Michael Convertino, sintetizadores bien chungos pero también molones que otorgan una personalidad nada despreciable a la película. No sabemos si hay más disparos que en Desafío Total (Total Recall, Paul Verhoeven, 1990), por ejemplo, pero desde luego hay muchos, muchos, pero que muchos, y no solo de pistola, también hay escopetas, lanzallamas y hasta un lanzamisiles. Quizá no tuvo éxito en taquilla en su momento pero The Hidden es todo un placer nada culpable y una obligación moral para todo aficionado al género.

La secuencia de presentación de C.H.U.D. – Caníbales Humanoides Ululantes Demoníacos (C.H.U.D, Douglas Cheek, 1984) sirve como síntesis perfecta de lo que ofrece esta pequeña gran película (a pesar de que su título en castellano pueda inducir a confusión para que no nos la tomemos demasiado en serio) de nuestro género favorito. Una mujer saca al perro sola por las calles de Nueva York y el paseo obviamente termina mal, siendo abducidos por algo que sale de una de las alcantarillas; así contado no tiene mucha chicha, pero es todo lo contrario por la manera en que está creada una atmósfera propicia, gracias a elementos básicos pero bien dosificados y expuestos, música, efectos sonoros, encuadres, montaje. Un clinic para iniciados de cómo debe mostrarse lo desconocido y lo hórrido. Lo mejor es que este prólogo es solo una muestra del alcance total de una historia de cierta enjundia, más imbricada e interesante que el vulgar enfrentamiento contra algo maligno, en la cual destaca un habilidoso mezclum de investigación detectivesca, afilada crítica social, fantaciencia conspiranoica (incluido una especie de mad doctor) y, por supuesto, las necesarias dosis, en este caso de criaturas horrendamente radioactivas…  A pesar de ser el único título en el haber de Douglas Cheek, estamos ante una película de factura y hechuras encomiables. Auténtica Serie B donde se aprovecha al máximo cada recurso y que cuenta con una gran planificación en cada escena de tensión (y hay varias, pero en particular las de la ducha y de la cabina), una música (de David A. Hughes) que habría firmado con gusto John Carpenter, al que probablemente Cheek también le deba algo, que en cualquier caso bien prestado está, y unos personajes más allá del estereotipo, con vida propia, de aquellos a los que se les coge cariño, y no es nada fácil en películas tan acotadas a este género y esta época. Por cierto, años después se estrenó Reacción viva (C.H.U.D. II – Bud the Chud , David Irving, 1989) que no tiene mucho que ver pero que es un divertimento de lo más saludable (por lo menos para Halloween) y si no que se lo digan a Robert Vaughn que se lo pasa en grande haciendo de coronel pirado e incluso a Robert Englund que aparece en un cameo de dos segundos y juraríamos que mira a cámara…

En Escóndete y tiembla (curiosa, por no llamarla penosa, traducción para el original American Gothic [1]) unos jóvenes que deben aterrizar su avioneta averiada en una isla inhóspita pero cerquita de Nueva York se pierden en el bosque y van a parar a la casa de un hospitalario matrimonio de ancianos. Muy bucólico todo hasta que empiezan a aparecer los hijos ya crecidos, pero mentalmente estancados en la pubertad, gracias al fundamentalismo religioso y a unos padres que comparten una visión de la educación muy similar a la del padre de Canino (Kynodontas, Yorgos Lanthimos, 2009). Después, como se comprenderá, nada que no pueda esperar cualquier aficionado al género, pero con mucha mala baba y algún que otro retruécano digno de admiración entre algo más que insinuaciones de incesto y necrofilia. Si la caracterización de esta “ejemplar” familia y de los intrusos supuestamente protagonistas es un hallazgo gracias al verdaderamente sorprendente buen hacer de todos los intérpretes (no solo de los ya por entonces muy veteranos Rod Steiger e Yvonne de Carlo, que lo bordan), al vestuario y la escenografía, en definitiva al contraste entre ambos mundos (es genial ese momento en el que los jóvenes se burlan de esa habitación de un pasado, literalmente pasado de moda y de valor/es), donde realmente American Gothic se muestra como una bendita anomalía es en la extrañeza que surge de su misma estructura y el brusco uso de determinados tropos narrativos y visuales que parecen seguir la lógica de la mente desquiciada de los personajes: las elipsis, los golpes de efecto, el montaje cortante, los saltos de eje, los zooms… Por cierto, dirige John Hough, autor de La leyenda de la casa del infierno, que aunque no llegaba a los niveles de la novela de Richard Matheson (básicamente porque es una de las mejores novelas de casas encantadas y es imposible) era una gran adaptación, y también de Dirty Mary Crazy Larry (alabada por Tarantino en Death Proof). 

La dupla creativa formada por el escritor Stephen King y el cineasta George A. Romero, tótems del horror, dio lugar a varias películas: Creepshow (1982), Creepshow 2 (1987) y Tales from Dark Side (1990). Para este miniciclo solo vamos a hablar sobre la primera principalmente por ser la que dirigió Romero, aunque también porque nos parece el perfecto colofón a una noche de Halloween ¡¡¡de lo más aterradora!!! Creepshow como seguro ya sabéis o lo estáis imaginando es un singular film de episodios basado en estética y colorido en los cómics de EC publicados durante los años 50, entre ellos Tales from the Crypt (que aquí conocimos sobre todo por la célebre serie de TV Historias de la cripta, emitida a principios de los 90). En particular la fotografía de Michael Gornick (en la que sería su penúltima colaboración con Romero) le presta un tono onírico en los momentos más turbios, tiñendo con una aureola fantasmagórica a lo que acontece en pantalla con rojos y azules imposibles cada vez que se liberan los males, por lo general cómplices de la nocturnidad. La película es una fusión de mundos (King, Romero, EC) que funciona muy bien tanto por su “in crescendo” donde cada relato surge como una reválida del anterior en intensidad e impacto como por esa mixtura entre lo macabro y la ironía, y donde no encajan de ninguna manera lugares comunes como el manido “lógico desequilibrio” del conjunto o similares valoraciones reduccionistas. La selección de relatos y su orden se nos antoja esencial para que, en verdad, lo más disfrutable sea ver la película del tirón y dejarse llevar por un planteamiento clásico y juguetón que traslada con criterio la propia fórmula de esos fascículos a los que homenajea, que aparecen explícitamente en el prólogo y epílogo siendo al principio el objeto de la ira de un padre, el papá del año, que prohíbe a su hijo leer esa “clase” de cómics, parapetado en odiosos valores acerca del bien y la tradición, y al final es salvado, el ejemplar en cuestión, de la trituradora por el mismísimo Tom Savini ejerciendo delante de la cámara de basurero. Quizá por ello no podía ser de otra manera que el festival de “monstruos” comience con Father’s Day, acerca de un padre que continúa siendo un auténtico cabronazo volviendo a la vida como un ser de ultratumba: mala leche, auto referencias, y respeto por los cánones en una delicia para abrir boca. The Lonesome Death of Jordy Verrill, basado en un relato del propio King (cuya impronta se deja notar durante todo el film, abundante en traumas y conflictos familiares y de pareja, y buenas dosis de ese humor cáustico tan característico) publicado en 1976, Weeds (aquí en 2024 dentro de la antología Escalofríos VII), quien además lo protagoniza y se nota para bien que se lo pasa en grande, es una prolongación en tono y forma del anterior, que brilla cuando es puramente fantástico y más todavía cuando todo es rebajado con un humor muy del género… ¡ojo a ese plano final! Los tres siguientes cuentos van todavía más allá, asegurando esa combinación que tanto nos gusta de disfrute, inquietud y grima. Por ejemplo, en The Crate, el otro de los cinco episodios que no es original y es una adaptación de un relato anterior del escritor de Maine de igual título (1978, en español publicado como parte de la compilación Horror 6 en 1989), además del gran trabajo de Savini con la horripilante criatura que hace estragos y parece siempre muy hambrienta, unos Hal Hoolbrook y Adrienne Barbeau primorosos llenan la pantalla con ese odio mutuo que se profesan, y que seguramente de haberse escrito/filmado hoy día tendrían los papeles cambiados, lo cual reflexionado un poquito estaría bastante bien verlo… De esa pareja que no se soporta, a una en la cual un engañado y sensacional Leslie Nielsen decide tomar una extravagante venganza contra el amante de su mujer y ella misma, pero esta vez con ausencia total de siquiera un posible (falso) happy end; construido al principio casi como uno capítulo de la serie Colombo, donde se expone cómo el asesino de turno comete su crimen, rápidamente transmuta en un cuento de terror que recuerda en cierto modo a ese temor obsesivo que perseguía a Poe a que le enterraran vivo pero con la genial y macabra idea de emitirlo en directo… aguantar la respiración todo lo posible es la única salida. No oíamos de cucarachas tan repugnantes como las de They’re Creeping Up on You! desde que Rosendo y sus Leño les dedicaran aquella mítica canción un par de años antes… quizá es la mejor de todas las historias, por eso parece consecuente que sea la que cierra el film (antes del comentado epílogo); un toc llevado al extremo por un ricachón que es presentado como la verdadera cucaracha y que borda un E.G. Marshall que francamente solo le recordamos en papeles menores o sin mayor relevancia; un desafío técnico (incluso mayor que el de los otros relatos) resuelto de manera ingeniosa pero ante todo una master class de cómo se pone en imágenes y sonido un cuento de terror de ascendencia puramente fantastique en el que las protagonistas se dan un repugnante festín.

[1] El título original es el mismo que el del famoso cuadro que pintó Grant Wood en 1930 y que parodiaba el propio cartel de la película.

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