Un personaje en desintegración
Kelly Reichardt tiene la admirable capacidad de captar la esencia de sus personajes con mínimos trazos de guion y una puesta en escena concisa. Old Joy (íd., 2006), Wendy y Lucy (Wendy & Lucy, 2008), Certain Women: Vidas de mujer (Certain Women, 2016) o First Cow (íd., 2019) son claros ejemplos de ello, donde unas pocas pinceladas cinematográficas revelan todo un personaje, sus ilusiones y sus defectos. Algo de ello se echa en falta en The Mastermind. El último (por ahora) largometraje de Reichardt cuenta la historia de James Mooney, un arquitecto estadounidense en paro, en el contexto de finales de los sesenta en plena contestación contra la guerra de Vietnam, que decide dar un golpe robando cuadros abstractos del pequeño museo local y mejorar la situación de su familia, mujer e hijos.
Josh O’Connor es el cómplice perfecto para encarnar al infeliz individuo, torpe en la preparación del golpe y al que le fallan diversos aspectos inesperadamente, desde sus propios cómplices al plan de venta de los cuadros robados. El actor transmite la inseguridad y fragilidad que precisa el personaje y se integra a la perfección en la galería de grandes interpretaciones conseguidas por la directora de Meek’s Cutoff (íd., 2010). Lamentablemente, a diferencia de obras anteriores en las que la relación entre personajes bastaba para llenar un largometraje, no es éste el caso y el esfuerzo actoral no basta para sustentar una obra en la que O’Connor está presente en todas las escenas.
A partir del fracasado golpe, la vida de Mooney se desintegra por completo, sufriendo un rechazo directo de su propia mujer y debiendo lanzarse a una fuga solitaria para evitar su arresto. Reichardt irá mostrando puntuales encuentros del fugitivo con viejos amigos y la deriva desesperanzada del personaje mediante una serie de secuencias rodadas en interiores con iluminación (molestamente) muy escasa, hasta el punto de dificultar el visionado incluso en salas.
La directora capta perfectamente la caída personal de Mooney con un tono lacónico, habiendo sido vinculada por ello al cine de Robert Bresson. Sea o no sea así, personalmente considero que añadir fatalismo en lugar de desintegrar al personaje, acercándose más al cine negro de Melville, habría hecho más impactante el relato de esta caída en desgracia. Debo entender, no obstante, que el objetivo de Reichardt es precisamente remachar la sensación de futilidad de toda la historia, evitando hacer del pobre infeliz un héroe trágico.
Reichardt lleva al fugitivo por un país en crisis, sacudido por las muertes en la guerra y por las deserciones y contestaciones contra la misma en una y otra ciudad, hechos a los que él parece completamente ajeno pese a su continua presencia en periódicos y noticiarios. Irónicamente la directora decide acabar la fuga situándole en el centro de la realidad americana de la que nadie puede escapar, haciédole caer prisionero de la policía en una redada contra manifestantes anti Vietnam.








