We can’t go home again
Imaginemos que no hay internet. Ni Tiktok, ni Instagram, ni Facebook, ni podcasts. Nada. Imaginemos que tampoco existe el cine. NI la televisión, ni canales ni plataformas. Incluso podemos imaginar que no hay radio. Puestos a imaginar, podemos imaginar que no hay nada escrito, ni libros, ni ensayos, ni periódicos, ni columnas de opinión…
Jugando con los clásicos
Retrocedamos tres mil años hasta el momento en que empiezan a correr las voces, las historias, la bifurcación de narraciones en torno a aquello que pasó, un gran acontecimiento, aquella guerra de Troya. Hace tres mil años surge la necesidad de narrar, de escuchar y de escucharse, pero también de crear. De crear historias que expliquen, pero también que nos expliquen a nosotros mismos. Qué hacemos aquí, que ansiamos, porqué luchamos, qué hay más allá de la muerte. Y así se llega a crear la IIíada, un poema épico sobre la conquista de Ilion/Troya, luchas de humanos, humanos que son marionetas de los dioses, caprichosos y enfrentados, también, entre sí. Y a partir de la Ilíada se desarrollará, tiempo más tarde, la historia de la Odisea. No tanto una secuela, como una reformulación. La historia de un hombre obstinado que, con tal de regresar a casa, se enfrenta, con perseverancia, a todos los obstáculos, a todos los dioses, pase lo que pase, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. La Ilíada y la Odisea son los pilares fundamentales del ciclo homérico que se desarrolla a lo largo de múltiples obras (todas originadas en la tradición oral y transformadas en cantos poéticos y épicos) y que abarca el juicio de Paris, la fuga con Elena hacia Ilion, la consolidación de la tropa invasora a lo largo del Mediterráneo reclutada y liderada por Agamenón y Menelao (el esposo despechado), hasta el décimo año del asedio (en el que se desarrolla la Ilíada), la muerte de Aquiles, la caída de Troya mediante el ardid del Caballo e incluso las consecuencias de la misma. La Odisea funciona como el colofón de esta epopeya y sienta las bases de la literatura y de la civilización occidental.
Es épica la narración contenida en los cantos de ambas obras pero también lo es en cuanto se trata de una construcción literaria fundamental en la historia de la humanidad. Una auténtica obra de arte. Y, llegados a este punto, nos podemos plantear si era preciso llevarla al cine (de nuevo), trasponer en imágenes las sugerencias de los versos clásicos. O, también, si es preciso establecer comparaciones entre una obra maestra universal y un blockbuster millonariamente artesanal. La respuesta sería positiva en ambos casos. La historia homérica pervive ya en tantas historias previas que parten de aquella semilla inmortal pero siempre es adecuada una visión contemporánea. Y si hace tres mil años era necesaria una narrativa que explicase y nos explicase, esta necesidad pervive, afortunadamente, aun hoy en día. Nos es imprescindible (diría que más que nunca, puesto que estamos perdiendo la voz, la opinión, propia) cuestionarnos, mirar a nuestro alrededor, mirarnos en el espejo. Y La Odisea puede ser un espejo adecuado para esta finalidad.
En cuanto a la comparación, siempre odiosa, será siempre favorable a un clásico, pero no deja de ser pertinente valorar como Christopher Nolan la aborda, como juega con la tradición clásica y como la modela en su interés sin traicionarla.
Sorpresas te da la vida
Tuve una infancia afortunada en lo que a historias y cuentos se refiere. Era una época en que los “tebeos” incorporaban páginas históricas y permitían divertirte y a la par ilustrarte. La página, releída mil veces, referida a Schliemann y su búsqueda de Troya, caballito incluido, me fascinó siempre. Con el tiempo, compartiría los tebeos (o cómics o novelas gráficas) para pasar a la literatura más formal, pero han transcurrido décadas hasta que me he atrevido con las dos grandes obras de Homero. Mi chasco fue notable al no ver referencia directa a la muerte de Aquiles ni al caballo famoso ni en la Ilíada ni en la Odisea, estando ambas situaciones contadas en otras obras del ciclo homérico.
Sorpresa positiva fue, no obstante, la belleza poética que contenía el relato de las sangrientas luchas en el décimo año del asedio a Troya. Y sorpresa mucho mayor fue descubrir que la Ilíada y la Odisea no sólo arrancaban “in res media”, sino que su autor (autores, tal vez) se marcaban, hace dos mil quinientos años, un tremendo flashback contado por Odiseo a los anfitriones que le cobijan antes de su última aventura (adaptado por Nolan, en una abreviación de la historia, a la suerte de psicoterapia que Calipso ejerce sobre Odiseo tras largos años de olvido feliz). No menor sorpresa resulta ver cómo prácticamente un tercio de los cantos se centran en la llegada del rey a Ítaca, sus idas y venidas y el enfrentamiento final con los pretendientes de su esposa (una parte de la película que para algunos se considera anticlimática y excesivamente prolongada), mientras que algunos de los pasajes fantásticos más populares (el encuentro con las sirenas) son resueltos en un par de páginas. A todo ello añadir algo muy destacable. Odiseo es, esencialmente, un bárbaro, muy alejado de la moral contemporánea, que no duda en exterminar todo obstáculo que se le presente, saqueando pueblos costeros, sacrificando si es preciso a compañeros para que el grupo y él mismo sobrevivan o aniquilando en fría venganza a todos aquellos a quien considera traidores. La emotividad de la Odisea se vincula a su composición literaria pero el astuto Odiseo no despierta excesiva empatía en el lector contemporáneo. Ahí está, pues, el desafío para Nolan. ¿Cómo hacer que la historia de tal personaje llegue a ser atractiva para el espectador del siglo XXI?
La Odisea de Nolan
Nolan es un director bigger than life, tal vez como lo fuera David Lean, ambicioso, desmesurado tal vez, pero con mayor control sobre sus proyectos y, por supuesto, con mayor presupuesto y mayores recursos. En esta ocasión no solo sube la apuesta trasladando una historia inmortal al celuloide (sí, celuloide de 70mm, rodado nada más y nada menos que en IMAX) sino que plantea una opción estética alejada de los efectos digitales, recuperando fórmulas artesanales para este blockbuster.
En cuanto a la historia narrada, el director de Interstellar (2014) se ciñe bastante a la original homérica, pero desarrolla dos conceptos de modo distinto a la obra literaria. Por una parte, y de modo muy relevante, la presencia de los dioses es muy discreta. Si bien se explicita que buena parte de sus infortunios se deben a ofensas cometidas contra ellos (la ceguera de Polifemo, hijo de Poseidón, o el sacrificio de la vaca del dios del Sol, que vengará Zeus) la presencia de estos personajes es limitada. De hecho, Atena, que va reapareciendo en diversos cantos protegiendo y ayudando al héroe, es muy discreta en la versión de Nolan, hasta el punto de parecer meros cameos de Zendaya. No se trata simplemente de una síntesis argumental sino que plasma la idea de que estamos en un mundo, en una nueva era, en que los humanos, aunque zarandeados por el destino, somos responsables de nuestros actos, y no podemos ya escudarnos (como antaño, como en la Ilíada) en que somos marionetas del Olimpo. Odiseo es el máximo representante de la voluntad humana, de la capacidad de decisión, del libre albedrío. Si los cantos de la Odisea representaban cierta diferencia en su visión de los héroes respecto a la Ilíada, alejados de la gloria y carentes (en general) de ayuda divina, Nolan se esfuerza en potenciar la idea de que los hombres son responsables de sus actos y de que su Odiseo, personaje perseverante empeñado en regresar a su reino, a su hogar, deberá reconocer finalmente la autoría de sus hechos que, desde una civilización sin dioses a los que culpar, ya no puedan ser considerados hazañas sino delitos.
En torno a ese concepto tendríamos otra, muy relevante, diferencia con la obra clásica. Nolan arranca su propuesta con la sugerente imagen de la estatua del caballo abandonada en la playa troyana. Secuencia que será seguida más adelante por otra en la que vemos como el “regalo” es arrastrado hacia Troya y, por una tercera ya avanzado el relato y contada en esta ocasión por Menelao a Telémaco (algo ajeno al texto de La Odisea), dónde veremos al grupo aqueo dispuesto a dar el golpe de mano desde el interior de la ciudadela en el momento oportuno. A todas ellas seguirá, en el clímax final, las imágenes de la batalla que pasan, de una a otra secuencia, de ser un relato de una gesta heroica a una denuncia de una masacre terrible (y aquí encadenaría con la historia de Las troyanas). El texto clásico presenta a Odiseo como un personaje de una pieza que, siguiendo los objetivos de Agamenón y Menelao, sacrifica en unas ocasiones, deja atrás en otras, a sus compañeros, alguien que no deja títere con cabeza ni en el campo de batalla ni en su venganza, en el salón del trono o extramuros. Nolan le seguirá en su ardua errancia pero, finalmente, frena sus impulsos y revela en su personaje una suerte de stress post traumático, resultado del reconocimiento de responsabilidad de sus actos previos. Troya aparece por última vez en pantalla y se revela un matadero a manos de los aqueos, siendo el ingenio de Odiseo y su plan claves para ello. Es una diferencia notable con lo escrito hace dos milenios y medio, no tanto por el menor número de cadáveres, como por la humanización del personaje. Hay que insistir en que el relato clásico, pese a su capacidad poética y su fuerza narrativa, puede provocar en el lector actual una sensación de distanciamiento, dado que la indiferencia (incluso el placer) por la venganza bárbara de su protagonista llega a resultar repulsiva. Por ese motivo, y pese al ritmo de las imágenes, a pesar de las continuas aventuras, La Odisea transmite una sensación de frialdad y es sólo en esta última reflexión cuando parece sentirse alguna emotividad, entre los personajes (Odiseo y Penélope) y para con el espectador.
El guion de Nolan recoge sabiamente las secuencias claves que podríamos esperar los lectores de la obra clásica y las enriquece con la historia de la derrota de Troya. La reducción de personajes no molesta en exceso (el encuentro entre Telémaco y Menelao añade varios flashbacks explicativos de la historia que no entorpecen el ritmo) y, tal vez, solo se echa en falta un mayor desarrollo de la historia de Circe, su encantamiento, el enfrentamiento con Odiseo y el tiempo que ambos compartirán, antes de la muerte accidental de Sinon (en la película, sacrificado a los troyanos como un peón para ganar la partida) y la tenebrosa estancia en el Hades, tal vez el mejor pasaje de la obra original y en el que el encuentro con compañeros muertos (Aquiles, Sinon, Agamenón, la propia madre del protagonista…) y la profecía de Tiresias apuntan un cambio el pensamiento del protagonista.
A nivel estético, la obra resulta absolutamente admirable por su verosimilitud, por la capacidad de transmitir la confusión de la batalla (en Troya o en las fugas desbandadas, en los ataques de los monstruos…), la sensación de esfuerzo de los personajes (arrastrando el caballo, remando, esforzadamente, corriendo con las armaduras a cuestas…), en el oleaje que sacude la nave, o en la recreación de los personajes fantásticos mediante técnicas de trucaje cinematográfico, transparencias o muñecos. La presencia de un Polifemo absolutamente deforme o una diabólica Circe (extraordinaria Samantha Morton en un breve papel), los tentáculos monstruosos de un ser del que no vemos el resto del cuerpo o los cantos de sirena que prometen todo lo deseado y recriminan todo lo perdido son estrategias que consiguen transferir eficazmente al espectador la sensación de terror, del fantástico, sin recurrir a efectos digitales.
Llegados al final, cabe plantearse la necesidad de esta película. Christopher Nolan se aleja de los atrevimientos narrativos de Memento (2000), El truco final (The Prestige, 2006), la trilogía de Batman (Batman Begins, 2005; El caballero oscuro, The Dark Knight, 2008; El caballero oscuro, la leyenda renace, The Dark Knight Rises, 2012), Origen (Inception, 2010), Interstellar (2014), Dunquerque (Dunkirk, 2017) o Tenet (2020), pero también su cine se saca de encima el corsé que retuvo a Oppenheimer (2023) y recupera la energía narrativa y el instinto por transferir fuerza a las imágenes (de nuevo, ese caballo de Troya varado en la playa, ese cíclope, a la par monstruoso y frágil, o un Agamenón, al que nunca vemos el rostro, y que irrumpe como la muerte encarnada, como Sauron, en una amenazante armadura) o de conseguir grandes interpretaciones incluso en los personajes más secundarios (la soberbia y el dolor mezclados en el Menelao de Berntal, la malicia de la Circe de Morton, la profecía recitada por Tiresias encarnado por James Remar… o el espléndido Eumeo encarnado por John Leguizamo).
Todo ello justifica sobradamente la existencia de la Odisea de Nolan. En cuanto a su adaptación del personaje a nuestros tiempos, a esta época de barbarie televisada, de propaganda oculta en los informativos, de discursos redactados desde los despachos de los oligarcas, no sólo creo que está perfectamente justificada, sino que la aceptaría Homero o los autores que aportaron, a lo largo de los siglos, distintas partes de una obra inmortal. Una obra que ya hemos conocido (y celebrado) anteriormente por el cine en versiones adaptadas a su época y a los intereses de sus autores —entre ellas Ulises (Mario Camerini, 1954); La mirada de Ulises (To Vlemma tou Odyssea, Theo Angelopoulos, 1995); El retorno de Ulises (The Return, Uberto Pasolini, 2024)— o en infinitas versiones de western con Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956) a la cabeza, con ese Ethan Edwards que no puede regresar a su hogar, con thrillers como la saga Bourne (protagonizada por Matt Damon, espía que busca un origen que no recuerda) o con sci-fi como Interstellar con ese Cooper que se aleja infinitamente de la Tierra para tratar a continuación de regresar a la misma. Y es que, como se analiza en La semilla inmortal (Jordi Balló, Xavier Pérez, Ed. Anagrama, 2015) los clásicos no sólo son los mejores guionistas sino los que facilitan las mejores adaptaciones.








