Big Lebowski goes to war
Un mundo en descomposición
Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo que no se parecía tanto al actual, había dos poderes que se disputaban el mando de las vidas de la gente y de todas sus riquezas. Ambos querían dominar la Tierra entera y pretendían querer el bien para todas las gentes, aunque amenazando, eso sí, con que su derrota podía conllevar un apocalipsis que arrasara el planeta. Un día, casi inesperadamente, uno de los poderes colapsó. Se abrieron las fronteras, cayeron los muros y hubo una suerte de comunión internacional entre los pueblos. Creíamos que la Paz y Justicia estaban al alcance de la mano y por ello muchos esperábamos que el otro poder acabase desvaneciéndose… Pero la vida no es un cuento de hadas. La caída del comunismo (que sigue manteniéndose con extrañas fórmulas en algunos países) dio paso a un capitalismo desbordado, insaciable, que ansia dominar todo, todo a la vez, en todas partes. Y hete aquí, que el camino de los últimos 36 años acaba llevándonos al mundo de hace 100, con Imperios ejerciendo un férreo control sobre sus súbditos (que no ciudadanos) y pugnando por ampliar su zona de influencia, de uno y otro modo. En lo que afecta a los Estados Unidos de América (autoproclamados “América”, con un desprecio absoluto para el resto de naciones de aquel continente), el nuevo Emperador parece desarrollar un plan apresurado que supera las previsiones de propios y ajenos. A nivel internacional, ha atacado un país soberano, secuestrado a su gobernante (legítimo o no) acusándole de “narcoterrorismo” y ha mantenido en el poder el mismo partido al que venía criticando, a cambio de explotar sin ambages ni escrúpulo alguno el petróleo y las riquezas de Venezuela. Simultáneamente, ha amenazado a Cuba, Colombia, Irán… y a la propia Unión Europea, a quien, tras medio siglo de alianza, plantea la anexión de Groenlandia, territorio danés, “por un medio u otro”. Veremos si para cuando acabe estas líneas el déspota ha continuado con su delirio en pos del Nobel de la Paz (¿nadie se da cuenta que su actitud es propia de un narcisista desbocado con signos de demencia frontal?) y ha acabado de arrasar Palestina, pactado con su homólogo ruso el desmembramiento de Ucrania, con el chino la invasión de Taiwan y, con el apoyo sionista, dinamita la dictadura de los ayatolás iraní. A nivel interno, Trump ha ninguneado al propio Congreso, ha creado una suerte de milicia a la caza de los inmigrantes cuya impunidad recuerda a las SS y ha amnistiado a la turba golpista que trató de evitar la toma de poder demócrata en el mandato anterior. Ha tratado (con bastante éxito) de callar las voces críticas, sea con difamaciones, censura directa o comprando voluntades. Disponiendo, abusando, del poder absoluto, Trump está transformando la democracia en un decorado de fondo para una oligarquóa encabezada por él cuyas estrategias están dirigidas, exclusivamente, al aumento propio de ganancias. Y a nivel social, está favoreciendo todo tipo de rumores, fake news y temores varios, polarizando una sociedad que contempla, con cierta sorpresa, los asesinatos a cargo de las llamadas fuerzas del orden de ciudadanos comunes a los que se etiqueta rápidamente de extremistas y terroristas.
Un año de cine político
Aunque la situación de crisis que se vive en los Estados Unidos nos llega directamente por los noticiarios y las redes, han sido éstas mismas las que han propagado el mensaje de extrema derecha por todo el mundo, con el consecuente auge en los países bajo la influencia trumpista, sea en Sudamérica (con un giro radical tras las elecciones en Argentina, Salvador, Perú y Chile) o en Europa (dónde ahora las izquierdas son etiquetadas de extremistas y la derecha se funde en la ultraderecha). Se mantiene el conflicto de Ucrania (mientras Trump negocia con Putin un posible reparto de bienes), se ha abandonado a los supervivientes palestinos tras el genocidio sionista, se mantiene la cúpula golpista en Myanmar con la connivencia de China y siguen las matanzas más lejanas (no televisadas) en Congo o Sudán, entre otras. No es nada casual, pues, que en un contexto que se ha ido formando desde hace una década, con el ascenso al poder de Trump y la ultraderecha mediática, diferentes autores han lanzado gritos cinematográficos, sean de desgarro o de advertencia. Más allá de los Estados Unidos tenemos la contundencia de Yes (Ken, Nadav Lapid, 2025) en su bofetada al gobierno hebreo y a la sociedad israelí, que celebra obscenamente la vida de espaldas a las matanzas de Gaza, o la inquietante comedia que llega de un Irán en gravísima crisis, Un accidente simple (It Was Just an Accident, Jafar Panahi, 2025) que recuerda la persistencia del terror represor en la sociedad persa. O Agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) avisa desde Brasil del peligro de los fascismos y de cómo su huella pervive en las sociedades democráticas. La magistral Banda sonora para un golpe de estado (Soundtrack for a coup d’etat, Johan Grimonprez, 2024) sería el corolario para todas ellas, puesto que expone brillantemente como el fascismo infiltrado en todas las democracias trabaja conjuntamente para derrocar las democracias que puedan no serles favorables. En los Estados Unidos, otras dos obras, flirteando con el fantástico, han denunciado el fascismo, el racismo y la locura social que está desbordándose. Me refiero a Los pecadores (Sinners, Ryan Coogler, 2025) y a Eddington (Ari Aster, 2025). Con su mezcla de thriller y terror, la celebrada película de Coogler reivindica que el racismo sólo pueda combatirse desde la marginalidad, sea mediante violencia directa o con la creación de una sociedad paralela, con una esperanza de vida tal vez menos siniestra de lo que implica para el negro vivir en la comunidad de dominio wasp. Aster, por su parte, fue acusado de confuso por la construcción de Eddington (y castigado con el olvido, estando ausente en los rankings anuales). Sin embargo, considero que su mérito radica precisamente en que utiliza para su relato las mismas herramientas que la ultraderecha: desinformación, fake news hasta el punto de facilitar discursos contradictorios, perversión del sistema político o judicial, la adjudicación de rol clave a personajes imprevisibles o carentes de juicio moral y el uso de violencia desatada. Eddington es una obra ciertamente desequilibrada pero su (des)estructura es un perfecto reflejo de una sociedad en crisis y tal vez, con la perspectiva de los años, sea mucho más valorada.
Big Lebowski goes to war
Solo si tenemos en cuenta el contexto anterior podemos comprender en su totalidad la propuesta de Paul Thomas Anderson, puesto que Una batalla tras otra pone en pantalla, con otros nombres, en una escala menor, la situación política y social en el interior de los Estados Unidos (¿?) de América. Utilizando como base Vineland de Thomas Pynchon (publicada en 1990 y considerada como inadaptable al cine), recupera las luchas revolucionarias descritas allí y ambientadas en los sesenta de Vietnam y Nixon y las reformula en dos momentos históricos distintos. La primera parte en la que el grupo revolucionario The French 75 lucha por la liberación de emigrantes que van a ser deportados se sitúa en algún momento de la época de la presidencia de Bush jr. La segunda mitad, durante el primer mandato de Trump. A diferencia de los autores antes mencionados, PTA opta, por una parte, por mantener cierto distanciamiento con el personaje más revolucionario, Perfidia, y, por otra, mantiene la película en un estilo más comercial, asequible/comprensible para el gran público, sometiéndose a las normas genéricas del thriller y la comedia. El director de Magnolia (1999) decide también renunciar a sus sorprendentes planos secuencia o prolongados travellings, pero su habilidad para identificar el plano adecuado dota esta película de una fluidez notable. A la par, guion y dirección se conjugan para definir a la perfección un conjunto de personajes en breves escenas: la furia arrogante de Perfidia Beverly Hills (sin duda, un nombre antológico), la maldad hipócrita de los Aventureros de la Navidad (sarcasmo frente al fascismo) y del perverso Lockjaw (excelente creación de Sean Penn), la imperturbable serenidad de Sensei Del Toro, la valentía de Willa y la simpática torpeza del ex revolucionario devenido adicto, Ghetto Pat, AKA Rocketman, AKA Bob Ferguson, al que Di Caprio otorga más simpatía que peligrosidad y que aleja así su personaje de un revolucionario izquierdista aproximándolo a un aceptable, inofensivo, émulo del Big Lebowski. Persisten, no obstante, pruebas de la genialidad directiva de PTA en tres secuencias. En primer lugar, el extraordinario montaje de la fuga de Sensei San Carlos, Bob y los emigrantes que se desarrolla en base a sucesivos travellings y con la pauta marcada por el imperturbable Del Toro y las notas persistentes de la banda sonora de Jonny Greenwood. Por otra, la reunión del Klan en el subsuelo de una casa apacible al ritmo de villancico, con un conjunto de personajes a cual más siniestro pero repletos de exquisita amabilidad. Finalmente, la doble persecución que tiene lugar con tres vehículos en una carretera recta pero extremadamente ondulada, dónde la aparición y desaparición de cada uno en los cambios de rasante adjudica un tinte de irrealidad. PTA cuenta en la primera mitad el auge y caída de The French 75, un grupo revolucionario, menos organizado de lo que presume, que acaba siendo desmantelado, con la captura y muerte de la mayor parte de sus integrantes, tras una delación. La segunda mitad se centra en el enfrentamiento, dos décadas más tarde, entre Ghetto Pat y un implacable coronel Lockjaw, en su decisión por apartar de su camino por todos los métodos necesarios todo obstáculo que dificulte su ingreso en una organización fascista. En el actual contexto de amargura social y crueldad política, PTA suaviza su tono, alejándose de la sequedad de Pozos de ambición (There Will be Blood, 2007) o The Master (2012) reservando la actitud violenta, brutal, para el personaje del desfasado Lockjaw y del grupo fascista en unas secuencias de negra ironía. Así, se inclina por desarrollar más una reivindicación social (en defensa de la integración de los emigrantes) que una película abiertamente política, en contra de la administración trumpista. Pone en evidencia la incapacidad de algunos movimientos revolucionarios por su fragilidad (algo tal vez discutible pero aceptable en el contexto USA actual) y contrapone cierta apariencia de frivolidad del French 75 a la organización fascista, vinculada directamente al poder, que, paradójicamente, ve perjudicados sus intereses económicos al desarrollar su plan de expulsión de emigrantes. La cinta se cierra con uno de los personajes yendo a una manifestación antifascista en defensa de los inmigrantes. Aun siendo una obra tan entretenida acaba dejando cierto poso amargo al constatarse la renuncia o el fracaso de la revolución en los actuales Estados Unidos o, tal vez, en el mundo actual. Los combatientes están agotados, añorando la familia en algún lugar impreciso, o bien han devenido copias del Dude, vestidos con su bata y zapatillas y colocándose con porros y alcohol. En el contexto mundial y en el interno de los Estados Unidos (dónde las milicias ICE han asesinado numerosas personas, sospechosos para ellos, sean del color u origen que sean, dónde se allanan las moradas de periodistas independientes, dónde se bloquea el poder del Congreso…), PTA nos recuerda que no hay que dejar de luchar, una batalla tras otra. Sin embargo, el mensaje se empequeñece en comparación con la realidad y, ciertamente, quien gana ahora es Anderson, con un final redondo para el cine comercial y galardonado ampliamente, sin duda no sólo por su calidad intrínseca sino, también, por que evita la contundencia de sus obras anteriores y de otras denuncias políticas más incómodas que ésta. Sin ir más lejos, La Batalla de Argel (La battaglia di Algieri, Gillo Pontecorvo, 1966) que Bob Ghetto contempla añorando una vida anterior y sin querer entender que debería ver, reflejarse, en El Gran Lebowski (The Big Lebowski, Ethan Coen y Joel Coen, 1998).










